Para aquellos ojos que observan con la distancia y la curiosidad que empapa al turista atraído por la Ruta de la Pasión Calatrava, sepan, en cada cofrade inunda, me atrevería a decir, un sentimiento de nostalgia y añoranza.
Hay algo de inquietud en quienes vivimos estas fechas entre bambalinas, porque hay una especie de ritual costumbrista detrás de cada puerta, detrás de cada hojalata, detrás de cada túnica e incluso debajo de cada paso en procesión. Por eso, invito a quienes vienen a descubrir uno de los tesoros más preciados del Campo de Calatrava, que se detengan en cada detalle de la Semana de Pasión, que miren más allá de la escena que tienen delante. Queridos forasteros, miren a los ojos de los cofrades, escuchen atentamente el arrastre de las alpargatas bajo el paso y no dejen pasar desapercibido la perfecta coordinación de los armaos, quienes consiguen que hasta su paso, suene a música.
Son fechas donde los pueblos del campo de Calatrava retoman el espíritu de vida del que la rutina y el ruido de las grandes ciudades se apropian durante el año, dejándolos en un pacífico letargo que desaparece poco a poco al llegar la Cuaresma. Especialmente aquellos pueblos pequeños como Aldea del Rey donde la Semana de Pasión es seña de identidad de sus habitantes. Así que, querido viajero, querida visitante, o querido lector; siéntense. Les invito a ponerse cómodos, porque lo que voy a contarles, no podrán verlo durante el recorrido oficial de una procesión, o durante la escenificación del prendimiento de Jesús que tanto enorgullece a los aldeanos y aldeanas. Lo que voy a contarles son los entresijos de la Semana Santa. Como decimos aquí, de puertas hacia dentro, con el único y humilde propósito de hacerles llegar lo que sentimos quienes vivimos en esta tierra al abrir esta bonita semana el Viernes de Dolores.
Durante los días de cuaresma, al caer la noche, quienes afinen mucho el oído, podrán escuchar el eco de un característico sonido ronco que se alarga en el tiempo durante unos segundos. Hace un pequeño reparo, como si tomara aire, y vuelve a sonar, prolongado, tendido; para acabar en un largo sonido que conjuga tres notas musicales . En algún rincón de Aldea del Rey suena, alejado, el jocoso ruido de una bocina que, en el pueblo vecino, Calzada de Calatrava, sale a anunciar ante la oscuridad, que la Semana Santa se acerca.
La solemnidad de la penumbra se apaga al salir el sol. En los hogares aldeanos, cada miércoles y viernes de la Cuaresma, se cumple con el exquisito protocolo de servir en la mesa el potaje de vigilia: un guiso elaborado con garbanzos, espinacas, bacalao y las peyuelas, peyas, o, lo que es lo mismo, bollos de pan y huevo, que armonizan uno de los platos típicos de estas fiestas.
Así pasan los días, hasta que la salita de los hogares aldeanos se empieza a vestir de terciopelo, de hojalatas… Los abuelos sacan las armaduras y las limpian hasta que el rostro de la edad se ve reflejada en ellas, haciendo de este gesto un legado generacional del que aprenden los nietos.
Untan con grasa de caballo las botas de piel confeccionadas por Anastasio, el zapatero, el que
ha vestido los pies de gran parte del escuadrón. Las abuelas, sacan las faldillas y ultiman retoques y bordados de hilo de oro. Con cuidado, perchan túnicas de terciopelo, estiran capas y elaboran nudos… Una escena tradicional que a muchos nos evoca a la añoranza del pasado y, al
mismo tiempo, engrandece nuestro orgullo de pertenencia. Porque somos gracias a lo que ellos nos enseñaron.
En la casa de un armao, en la de un músico, o en la de un penitente; la Semana Santa deja el rastro de prisas, entradas y salidas rápidas, pocas horas de sueño, cambios de indumentaria apresurados, o, incluso, cambios de instrumentos y partituras. Por eso, en el comedor de las casas aldeanas preside una mesa de platos típicos de la zona, dulces y salados. Desde el ya mencionado potaje de vigilia, al bacalao con tomate y dejando un amplio hueco de carta a los dulces típicos como los rosquillos, los barquillos, las torrijas o las flores de Calatrava. Y así, entre entradas y salidas, el hogar de los aldeanos en Semana Santa no sólo acoge a sus inquilinos, también a viejos y nuevos amigos, familiares cercanos y lejanos e, incluso, a algún forastero que tiene la suerte de conocer tal costumbrismo calatravo.
Al amanecer el Jueves Santo, el redoble de un tambor anega las calles de Aldea del Rey. Asoma el primer rayo de sol, y la primera sección del escuadrón de los armaos ha tomado el pueblo.
Quienes duermen despiertan al alba con esta seña musical, y aquellos armaos de corazón, que simplemente por los nervios dormitan o sueñan en vela, se preparan porque saben que el momento ha llegado. Como si de una ceremonia se tratase, los mayores visten a los chicos: calzoncillo blanco, medias, faldilla, camisa, el peto o coraza… Le siguen las hombreras, después las muñequeras; ahora a calzar las botas y por último el casco: el característico casco con pelo de caballo natural, ese que difiere al armaoaldeano. Los pequeños ensayan el paso mientras los mayores se ajustan el cinturón. Es un día grande, porque la escenificación del Prendimiento es para cualquier habitante de Aldea del Rey, un momento especial.
Los Nazarenos salen preparados con sus túnicas para acompañar al paso tras una noche de insomnio y vigilia en el Huerto de los Olivos ubicado en la Plaza Mayor del pueblo. Los músicos afinan notas para dar el primer pasacalles, ajustan sus corbatas y calientan sus instrumentos. Y, poco antes de las diez de la mañana, en la explanada de la Calle Iglesia, todo el elenco que hace de la Semana Santa aldeana lo que es, se reúne para ver jurar bandera a los que después prenderán a Jesús de Nazareno.
Y ahí, querido viajero, querida visitante, querido lector; trasciende todo lo que usted ve. Detrás de todo lo que está por llegar, como ya sabe, hay toda una serie de ritos y costumbres que hacen que todo el que participe de alguna manera de la Semana Santa, lleve un sentimiento de cariño, añoranza, respeto o el sentido de la tradición; por debajo de la “hojalata”, tras el capirote morado, bajo la capa roja de un “blanquillo” o tras el tono musical de un instrumento.
Así que pasen, vean, disfruten y, sobre todo, entiendan esta ruta, esta Fiesta de Interés Turístico Nacional que es para nosotros un tesoro, un obsequio de nuestros antepasados. Un legado cultural que nutre nuestras raíces.

