Un tambor. Solamente hizo falta un tambor para que aquel niño, con apenas cinco años, sin apenas conciencia ni conocimiento de lo que ocurría a su alrededor, se enamorara de la Semana Santa. Y es que la música cofrade, las cornetas y, sobre todo, la percusión, iban a marcar su vida. Aunque por aquel entonces ni siquiera podía llegar a imaginárselo.
En los primeros compases del presente siglo, esa Semana Santa de la que tanto disfrutaba era la de su pueblo. En realidad, ni siquiera sabía que existieran otras. Una Semana Santa que comenzaba a experimentar numerosos cambios. Las diferentes bandas que existían en la mayoría de las hermandades empezaban a desaparecer. El mundo del costal ya era una realidad y los portadores cambiaban su túnica por la arpillera. Los penitentes eran cada vez menos numerosos y ‘los armaos’ se afanaban por mantener viva una herencia con siglos de historia.
Y es que si de algo puede presumir Miguelturra es de sus tradiciones y, por encima de todo, de su gente. Esa gente que allá por los años 80 y 90 apostó por la Semana Santa, haciendo crecer las hermandades y aportando el patrimonio más valioso que puede tener una cofradía: el humano. Un fervor popular que se acrecentaba cada Cuaresma para encender la llama de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
Hay muchas formas de acercarse, vivir y sentir la Semana Santa. Y la música es, sin duda, una de ellas. Unir tus creencias a tu pasión; rezarle a tus titulares con tu instrumento; marcar el paso del caminar de tu Cristo con unas marchas que no son más que la melodía de una vida que avanza, siempre de frente, con pasitos cortos y los pies pegados al suelo, en busca de la calma y el sosiego que te aporta sentirte lleno de gozo.
En Miguelturra hay un sonido que es inconfundible, aunque para escucharlo hay que esperar a la noche del Sábado Santo. En la oscuridad de la noche, un tambor marca el caminar de unos armaos que, tras velar y custodiar el sepulcro durante toda una madrugada, blanden sus espadas representando la lucha entre la vida y la muerte tras conocer que Jesús ha resucitado.
La Vigilia Pascual, o ‘misa de los armaos’, como se la conoce en el pueblo, representa ese desconcierto que culmina con la alegría de la resurrección. Suena la Marcha Real y el abanderado ondea el estandarte. Cristo ha resucitado. Con ello todo se consuma y, a la vez, se ponen las bases en torno a la fe.
Las hermandades de Miguelturra han trabajado y trabajan incansablemente durante todo el año para seguir realizando una catequesis en la calle. Una protestación pública de fe con la que seguir transmitiendo unos valores, una historia y una forma de sentir que se hereda de generación en generación. Una manera de cuidar, fomentar y poner en valor nuestras tradiciones y nuestra forma de vivirlas.
Y eso, sin duda, es la Ruta de la Pasión Calatrava. Es tradición y es un modo único de sentir la Semana Santa. Son nuestros sonidos y nuestros silencios. Son nuestras plazas y nuestra gente. Es nuestra gastronomía y nuestro ambiente.
Porque, al final, la Semana Santa no se aprende en los libros ni se entiende solamente con palabras. Se siente escuchando un tambor por primera vez, siguiendo una procesión de la mano de tus padres o descubriendo, casi sin darte cuenta, que esa tradición también forma parte de ti. Quizá por eso todo empezó con algo tan sencillo como un tambor. Y quizá por eso, cuarto de siglo después, sigue bastando exactamente lo mismo para que la Semana Santa vuelva a latir con fuerza en el corazón de aquel niño.

